Pastiche

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Elmyr de Hory fue un pintor húngaro que tenía una extraordinaria habilidad para imitar el estilo de la pintura de grandes artistas como Picasso, Matisse o Renoir. Se ganó la vida como falsificador, creando obras “originales” de esos artistas. No copiaba, sino que pintaba nuevos temas con un estilo que incluso los galeristas más expertos atribuían a los autores originales.

Ahora la inteligencia artificial me permite emular a Elmyr de Hory. En el mundo del arte, cuando un artista imita un estilo que no es el suyo el resultado se llama pastiche. En el mundo de la tecnología, el nombre es neural style transfer. Se trata de enseñar a una red neuronal a distinguir entre el contenido de una imagen y su estilo. Luego, el artilugio puede aplicar ese estilo a cualquier otra imagen, creando una obra “original” en el estilo que ha aprendido.  

Últimamente he estado jugando con esta tecnología. Aún no es perfecta, pero los resultados son a veces sorprendentes. Una de las cosas que más me intrigan de las técnicas de deep learning es que no hay forma de saber lo que piensa la máquina, qué criterios sigue para hacer lo que ha aprendido a hacer. La única forma de intentar entender lo que hace es observarla y experimentar.

El resultado es a veces sorprendente

En ese proceso surgen a veces imágenes poderosas, hermosas o inquietantes. Invitan a pensar en los atributos del arte, la percepción de la belleza y las cualidades que hacen que una obra sea auténtica u original. Y también en este tiempo extraño que se acerca, donde la frontera entre lo humano y lo sintético se desdibuja.

En la imagen, un autorretrato de juventud pintado por una red neuronal en un estilo neocubista.

(Si tienes una foto con la que te apetezca jugar, mándamela y se la enseño a mi red neuronal para que haga un pastiche con el estilo de tu artista favorito)

Jorgam

Foto de Jorgam

Fue mi primer jefe. Se llamaba Juan, pero se hacía llamar Jorgam porque se consideraba un artista y los artistas, según su visión del mundo, debían tener nombres artísticos. Nadiuska. El Fary. Jorgam.

Era fotógrafo y su negocio se centraba en las fotos de colegios. En aquel tiempo, una vez al año, a todos los alumnos se les hacía un retrato; luego se tomaba también un retrato de grupo con toda su clase y su profesor. Al cabo de unos días se entregaba a cada uno un paquete con distintos formatos de su foto y la foto del grupo enmarcada en un paspartú. Los niños debían llevar a su casa las fotos y traer después un sobre con su importe, o bien una nota de los padres diciendo que no querían comprarlas. Muy pocos las rechazaban.

Yo tenía 19 años y era estudiante. Vi un anuncio en el periódico diciendo que necesitaban un fotógrafo, y a los pocos días ya estaba haciendo fotos de mocosos en colegios del extrarradio. El trabajo estaba bien pagado y bien organizado. Jorgam me depositaba a primera hora en el colegio, armado con una cámara réflex y un par de flashes con los que montaba un estudio efímero, pero bien planificado. Uno de sus hijos aún adolescentes, Juanma o Dulce, me servía de ayudante; colocaba a los niños en su sitio, les hacía poner una pose y un gesto previamente establecidos y, si era necesario, les peinaba o les limpiaba los mocos. Yo sólo tenía que enfocar y disparar la cámara.

Al poco tiempo me cansé de esa rutina, pero seguí “trabajando” con Jorgam de forma intermitente durante casi dos años. Me ocupaba del laboratorio fotográfico en blanco y negro que tenía en el sótano de su estudio. Participaba en sesiones fotográficas para carteles teatrales de compañías de tercera fila. Hice fotos de la movida madrileña, que en esos años estaba en su momento de gloria. Intenté con poco éxito entrar en el mercado de la fotografía industrial y publicitaria.

Jorgam era un tipo generoso y enloquecido. Vivía en un mundo desconocido hasta entonces para mí, y cualquier idea descabellada despertaba en él un entusiasmo infantil. Cuando salieron los videos betamax le apasionaron sus posibilidades; desde los reportajes de acontecimientos deportivos a la pornografía o el pirateo de películas en super-8. No necesité insistirle mucho en las ventajas que tendría disponer de un ordenador para que comprara uno de los primerísimos computadores personales, un PET de 4K de memoria, con el que jugué muchas horas y aprendí a programar en Basic. Nunca le sirvió de nada, pero Jorgam estaba orgulloso de tener un ordenador, al que llamaba “El Cerebro”. Me permitía usar a mi antojo los coches de su desvencijada flota, compuesta por un 600 y un 1500 de gasoil. Él conducía un Citröen GS, a bordo del cual se sentía importante.

Recuerdo a Jorgam con cariño. Su nombre está unido a una etapa feliz de mi vida, llena de descubrimientos y vacía de preocupaciones. Cuando paso por la calle Fernán González y veo el escaparate de su estudio, cerrado hace muchos años, noto un pinchazo de nostalgia que me hace sentir frágil.

Deep Dreaming

Javier Sempere - Deep Dream

Una de las aplicaciones más interesantes de las redes neuronales es la interpretación de imágenes. Con un entrenamiento suficiente, algunas redes neuronales pueden identificar con bastante precisión el contenido de cualquier fotografía.

El entrenamiento consiste, en esencia, en mostrar al artilugio una serie enorme de fotografías e indicarle su contenido. Cada fotografía se acompaña de una serie de etiquetas que recogen lo que muestra la imagen: perro, gato, barco, casa, persona, fuente… No es muy diferente, en el fondo, a lo que hacemos cuando enseñamos a un niño pequeño.

Tras procesar decenas de miles de fotografías de gatos la red neuronal asimila el concepto “gato”, de forma que cuando se le muestra la imagen de un gato, aunque nunca haya visto una imagen similar, puede identificar que en esa foto hay un gato. A este proceso se le llama “deep learning”. En la mente de la máquina se ha creado de forma misteriosa la idea de lo que es un gato.

Cuando una red neuronal identifica un gato no hay forma de saber qué criterios ha seguido para hacerlo. No hay un lenguaje que le permita explicar cómo sabe que eso es un gato.

Hace algún tiempo, a alguien se le ocurrió hacer funcionar una de estas redes neuronales al revés. La idea consistía en mostrarle al artilugio una fotografía cualquiera, y pedirle que imagine lo que podría ver ahí. Algo parecido a pedirle a una persona que identifique imágenes en las nubes, o en los posos de café, o en las tarjetas del test de Rorschach.

El resultado es sorprendente.  Las imágenes que genera la máquina tienen un aspecto alucinatorio, y remiten a las experiencias psicotrópicas o al mundo delirante de los sueños. Es como si pudiéramos ver el mundo a través de los ojos de la red neuronal.

Últimamente he estado jugando con estas redes neuronales, y algunos de sus sueños cibernéticos me parecen atractivos y extraños. En la foto de arriba, qué sucede cuando una red neuronal convolucional sueña con la Gran Vía de Madrid.  

Javier Sempere - Gran Via