¿Es arte el arte creado con inteligencia artificial?

Muchos artistas, la mayoría tal vez, han decidido que la inteligencia artificial es su enemigo. Estos modelos copian sin reparo todo lo que pueden, y luego generan textos, imágenes y sonidos que en el mejor de los casos son basura y, en el peor, directamente un plagio.

No estoy de acuerdo.

No creo que entrenar estos modelos sea un robo. Los pintores han aprendido siempre copiando a los maestros, en el Prado o en los libros, y nadie los acusa de ladrones. Un modelo hace lo mismo con lo que encuentra en internet, a una escala que ningún pintor podría soñar. El conocimiento no es delito (aunque no justifique colarse en un museo o sustraer un libro, que es un asunto distinto).

Cuando se inventó la fotografía muchos dijeron que aquello no era arte. Un retrato hecho por una máquina no tenía ningún valor; era sólo una copia mecánica de la realidad que apenas servía para quien no podía permitirse un pintor. Hoy nadie se atreve a discutir que Annie Leibovitz o Richard Avedon son artistas de primera fila.

Soy lo suficientemente viejo como para recordar cuando aparecieron los ordenadores y en el mundo de las artes visuales “hecho con ordenador” fue durante bastante tiempo un término despectivo. Aunque no lo bastante viejo como para haber vivido el desprecio que recibieron escuelas como la Bauhaus por convertir en industria lo que hasta entonces había sido artesanía.

También soy ingeniero. La tecnología siempre me ha interesado, y desde los años 90 sigo los intentos de conseguir valores artísticos con medios tecnológicos. Los primeros programas se limitaban a trasladar la paleta de colores de un cuadro a una fotografía, o a copiar una textura y extenderla por toda la imagen. Ninguno sabía qué era una pincelada. Hasta que en 2015 unos alemanes listos descubrieron que una red neuronal entrenada para reconocer objetos separaba por su cuenta el contenido de una imagen y su estilo. Así consiguieron pintar una foto con las pinceladas de Van Gogh, y al año siguiente cualquiera podía hacerlo desde el móvil con una app llamada Prisma.

Luego llegó DALL-E, cuyo nombre juntaba a Dalí con el robot WALL-E. Sus imágenes eran pequeñas y malas, pero parecían mágicas. Podías decir con palabras lo que querías ver, y DALL-E te hacía un cromo con lo que le habías pedido.

Desde ahí todo fue muy rápido. En 2022 aparecieron casi a la vez DALL-E 2 y Midjourney, con una técnica distinta, la difusión: el modelo va limpiando un lienzo sucio hasta que aparece la imagen que describe el texto. Ese mismo verano Stable Diffusion, en código abierto, podía hacer casi lo mismo en un ordenador doméstico. Quedaban algunos problemas: las letras eran ilegibles y las personas tenían seis dedos. En 2024 los nuevos modelos los habían resuelto casi del todo.

Ahora la inteligencia artificial es capaz de crear imágenes fotográficas indistinguibles de las reales, e ilustraciones en cualquier estilo y formato, a veces de calidad excelente.

Pero la tecnología sigue siendo una herramienta, y lo que hace depende de quien la utiliza. Un mal pintor que usa una cámara no se convierte en un buen fotógrafo, y un diseñador mediocre que usa un ordenador no produce diseños brillantes. Por eso hay tanta basura producida con inteligencia artificial. La herramienta no tiene la culpa.

En una vida anterior me gané las lentejas, entre otras cosas, gestionando diseñadores, fotógrafos y gente creativa. Sé bien lo que puede valer una idea, y sé valorar un trabajo profesional hecho como Dios manda. Por eso me preocupa que, igual que en otros oficios, el trabajo de los artistas visuales se vea amenazado por el plagio, las falsificaciones y la falta de criterio de quienes dan por bueno algo mediocre pero muy barato. Es el precio del progreso, parece.

Hago fotos e ilustraciones usando estas y otras tecnologías, y espero que se juzgue el resultado por lo que vale y no por cómo lo he hecho. Y me pregunto cuánto tardaremos en dejar de decir “hecho con inteligencia artificial” como antes se decía “hecho con ordenador”.

Lotería

Javier Sempere. Lotería

Asumir un riesgo es hacer una apuesta. Si lo malo no sucede, has ganado. En caso contrario, has perdido. El cálculo de las probabilidades y los costes o beneficios de los distintos resultados posibles es el territorio de los actuarios de seguros, analistas financieros y asesores de estrategias políticas y económicas. La mayoría de las veces, este análisis racional es la mejor forma de decidir si merece la pena hacer o no la apuesta. 

Una de las características de las sociedades desarrolladas es que reducen las situaciones de riesgo para sus ciudadanos. Esto es, en gran medida, una buena cosa. Reducir la probabilidad de que te atropelle un camión, te atraque un bandido o te mate un virus contribuye sin duda a una vida más tranquila y relajada.

En algunas ocasiones, sin embargo, nuestro instinto se rebela contra esta reducción inexorable del riesgo. Son situaciones en las que la relación entre el riesgo y la recompensa es extremadamente asimétrica. El riesgo es conocido y limitado, pero la recompensa es potencialmente enorme.  

A veces compro un boleto de la lotería primitiva. Si me toca el bote ganaré 15 millones. En caso contrario habré perdido un euro. Soy consciente de que la estadística juega en mi contra. Hay sólo una probabilidad infinitesimal de resultar afortunado. Cualquier análisis racional me dirá que la compra del boleto ha sido una mala decisión.

Pero en este caso eso no es lo que importa. Desde que compro el boleto hasta que compruebo el resultado del sorteo soy potencialmente millonario. Es una situación semejante a la del gato de Schrödinger. Mientras no abra la caja, soy simultáneamente el mismo Javier de siempre y un Javier extraordinariamente rico. A veces tardo un par de semanas en comprobar el boleto, porque los caprichos de la mecánica cuántica me dicen que el sorteo no es el factor decisivo, sino mi observación de su resultado.

Para valorar de forma fidedigna la relación riesgo/recompensa de esta apuesta habría que incluir en la ecuación, junto al beneficio esperado del resultado, el valor del placer que proporciona la posibilidad de ganar la apuesta.

No es un cálculo fácil, porque vivimos en una sociedad acostumbrada a medir sólo lo material. El placer, el dolor, la ilusión, la tristeza o la esperanza tienen valores difusos. Son lo que nos mueve en la vida, pero las estadísticas no suelen tenerlos en cuenta. Por eso, en muchas situaciones de relación asimétrica entre riesgo y recompensa, las personas apostamos tantas veces de forma poco racional. Y por eso son tan populares las loterías, las burbujas financieras, los casinos y las criptomonedas.

Deep Fakes

Deep Fake - Javier Sempere

Entre los muchos miedos que despiertan las nuevas herramientas de inteligencia artificial está la posibilidad de generar fotos falsas que parecen verdaderas.

Hace unos días se anunció la imputación de Donald Trump por el sórdido pago, presuntamente ilegal, a una actriz porno llamada Stormy Daniels. Aparentemente, Trump utilizó el dinero de su campaña electoral para comprar su silencio sobre una relación en la que más vale no indagar mucho.

Esa misma tarde, tras leer la noticia, se me ocurrió pedirle a Midjourney que me creara una foto del momento de la detención del expresidente americano. Midjourney es uno de los modelos generativos actualmente disponibles, de forma casi gratuita, para el público en general. Tú le explicas lo que quieres ver y en menos de un minuto te ofrece, de una forma que parece mágica, cuatro versiones diferentes de la foto que le has pedido.

La primera de las cuatro fotos que me ofreció Midjourney es la que encabeza este texto. A primera vista la foto parece genuina. Luego, si te fijas un poco, hay algunos detalles que no están del todo conseguidos. Los rótulos de los uniformes de los policías son un batiburrillo sin sentido, y la mano derecha de Trump no resulta demasiado verosímil.   

Con el estado actual de la tecnología, los deep fakes ya son, a veces, casi indistinguibles de las fotografías auténticas. En pocos meses, con seguridad, será imposible detectar las diferencias.

Sin duda, la inteligencia artificial ofrece muchas posibilidades a los delincuentes y otros individuos malintencionados. Los que saben de esto están muy preocupados por las implicaciones éticas de estas tecnologías. En mi opinión, el problema no es muy distinto al que, en su día, produjo la aparición de cualquier otro avance técnico o científico.

La creación del papel moneda abrió las puertas a los falsificadores. La invención del revólver fue un regalo del cielo para los atracadores. Para los timadores, el telégrafo y el teléfono fueron herramientas muy útiles. Y la química orgánica ofreció todo un mundo de posibilidades para los envenenadores y los narcotraficantes.

En el ámbito de las imágenes, desde el comienzo de la fotografía ésta se utilizó para alterar la realidad. Me viene ahora a la cabeza esa famosa foto de Stalin en la que su lugarteniente Nikola Yezhov desaparece mágicamente cuando el dictador decide ejecutarlo.

Y, desde mucho antes, el arte siempre nos ha presentado una versión del mundo cuya relación con el mundo real es completamente arbitraria. Cuando miro este retrato de Carlos V me pregunto qué pinta tendría realmente el emperador. Para el público del siglo XVI, la obra de Tiziano reflejaba fielmente la realidad. Para cualquier historiador contemporáneo, su valor es sólo el de una excelente obra de arte.  

Al final, en mi modesta opinión, las herramientas y los deep fakes no son el problema. El verdadero problema es cómo construir un mundo capaz de manejar el progreso sin renunciar a los valores, las normas y los comportamientos que hagan que nuestra sociedad sea vivible para todos.